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lunes, 28 de abril de 2014

HOMILIA DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA



DOMINGO  II DE PASCUA
DIVINA MISERICORDIA

“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117)

Queridos hermanos:
Después de tres días de preparación con la Eucaristía, su prolongación en la exposición del Santísimo, el rezo de la Coronilla, desembocamos en la Solemnidad del II Domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia.

Dios, autor y señor de la vida, de la historia, y de los acontecimientos del mundo hizo coincidir a dos cristianos en Polonia para que esto que hoy celebra la Iglesia universal fuese posible.
Me refiero a Santa Faustina y San Juan Pablo II.

Santa Faustina recibió este mensaje del mismo Jesucristo:
“Te envío a toda la humanidad con mi misericordia. Tu eres la secretaria de mi misericordia para que des a conocer a las almas la gran misericordia que tengo con ellas y que las invites a confiar en el abismo de mi misericordia.”

Pero qué podía hacer una pobre y sencilla monja sin grandes estudios, de la congregación de las hermanas de la Madre de Dios de la misericordia, en Varsovia capital de Polonia un país bajo el telón de acero, gobernado por un férreo comunismo allá por el año 1925.
Un país tan lejos del occidente democrático y cristiano. Todo parecía misión imposible.

Más tarde recibió otro encargo del mismo Jesucristo:
“Pinta una imagen según el modelo que ves y firma: Jesús, en ti confío. Quiero que esta imagen sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la  Pascua de Resurrección, ese domingo debe de ser la fiesta de la Divina Misericordia.

La imagen que pintó santa Faustina es la que vemos aquí, de hecho el cuadro que se colocó junto al confesionario se bendijo en la fiesta de la Divina Misericordia, tal como pedía el mismo Señor.

La imagen está muy unida al Evangelio que hoy hemos proclamado.  Jesús se presenta en el cenáculo a sus discípulos y les da poder para perdonar pecados: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados”.

Por la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo los pecados del pecador quedan perdonas y el mundo salvado. Así en el cenáculo, lugar de la institución de la Eucaristía, del sacerdocio, y del mandato nuevo del amor, ahora se instituye el sacramento del perdón.

Santa Faustina preguntó al Señor qué significaban esos rayos azul y rojo. El Señor respondió:
“el rayo pálido simboliza el agua que justifica las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos”

Así hermanos, quien vive a la sombra de su bautismo, a la sombra de la Eucaristía frecuente, a la sombra del sacramento del perdón y a la sombra del amor está en el camino correcto, en el camino de la bienaventuranza y felicidad perpetua.

Y así entraría en juego otra figura clave para la Iglesia, nacido en Polonia, sacerdote, Obispo, cardenal y por fin Papa que como él dijo vino de un país lejano: Karol Wotywa que tomaría el nombre de Juan Pablo II.

Fue quien elevó a los altares a Santa Faustina, la secretaria del Señor Misericordioso y el que cumplió la voluntad del mismo Cristo, establecer para la Iglesia Universal la fiesta de la Divina Misericordia el segundo domingo de Pascua.

Hermoso día para partir hacia el cielo y hermoso día para ser canonizado junto a otra gran figura de la Iglesia como fue Juan XXIII.

Con esta nueva devoción, Cristo resucitado sigue insistiendo al mundo entero de su disposición para amar, para perdonar, para conducir como buen pastor hacia el encuentro en el Reino de los Cielos.
Cuando la devoción al sagrado corazón de Jesús parece que se iba diluyendo y perdiendo, el Señor Jesús nos regala una nueva versión donde sigue siendo su corazón amante, los rayos que brotan de su pasión gloriosa, de sus llagas benditas que emanan la luz de la salvación.

Hermanos, no nos cerremos a la Divina Misericordia de Dios, dejemos que esa luz nos inunde y llenándonos de su amor misericordioso podremos derramar misericordia en medio de los dolores y llagas de este mundo, poner luz en medio de las tinieblas y sombras de muerte que amenazan a la humanidad.

Gracias Señor por tu amor, gracias Señor por los testigos de tu amor: Santa Faustina, San Juan Pablo II y San Juan XXIII, rogad por nosotros.
Amén.

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