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martes, 8 de abril de 2014

CARTAS A JESÚS DE NAZARET



Carta 20 a Jesús de Nazaret
Domingo V de Cuaresma (6- abril- 2014) 
Evangelio: Juan 11,3-45.



S
eñor: Esta narración que hace llegar hasta mí, tu discípulo Juan, me sigue sorprendiendo. Su lectura,  produce en mi interior preguntas que me dan miedo contestar porque, seguramente son inoportunas y, además, están mal planteadas.

Tú, “amabas a Marta, a su hermana María y a Lázaro”. Marta y María lo sabían, y por eso, te comunicaron la noticia de que “tu amigo está enfermo”

Da la impresión de no preocuparte, cuando te quedaste dos días, en el lugar donde estabas, dando tiempo a que Lázaro muriese.  Es probable que las palabras “Señor, si hubieras estado aquí,  no habría muerto mi hermano” las dijese Marta con acento de reproche

. Y el no salir María a recibirte, fuese por igual motivo.
  
La misma sombra de disgusto parece envolver la respuesta de Marta: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”

El comentario que suscitó tus lágrimas, parece confirmar el disgusto y la frustración: “Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este?”

 Señor, aquí no hay teatro: no tengo la menor duda. Tu llanto era expresión de dolor profundo. Tú sabías lo que tenías que hacer, y lo hiciste de manera extraordinaria.

. Tus caminos, no son nuestros caminos; ni tus tiempos, nuestros tiempos.

Algo semejante me preguntaba en mis meditaciones, al contemplar a tu Madre traspasada de dolor, junto a tu cruz.
                                                                                           
 ¿Te acuerdas cuando en mi oración te decía:¿Es que tu Padre no podía haber evitado la tortura sufrida por tu Madre en el Calvario? ¿Por qué no se lo pediste?  Tu Padre, seguro que te hubiese escuchado   Pero, claro. Es que tú mismo sentiste su abandono. Él te dejó morir en la cruz.

Son cosas que no caben en mi cabeza; en nuestras cabezas. Lo nuestro no es la comprensión, sino la aceptación.
Nuestros caminos, no son caminos que conducen al dolor, ni al fracaso; sino al gozo y al triunfo más absolutos. Y tus tiempos, no terminan con la hora de la muerte, sino con la entrada a la Vida para siempre.

Entretanto, lo nuestro es seguirte, seguros de que no caminamos equivocados, y creer en ti, seguros de que nunca lamentaremos haber sido engañados.

Con afecto y adoración. Bartolomé Menor.

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