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lunes, 23 de diciembre de 2013

CARTAS A JESÚS DE NAZARET

Carta quinta a Jesús de Nazaret.   
Domingo 22 de diciembre del 2013


S
eñor: San Mateo (1, 18-24) nos ha dejado escrita una narración acerca de tu generación humana. Nos introduce en uno de los misterios divinos más grande. Y no solo más grande y profundo, sino el más transcendente: Tu encarnación y nacimiento humanos, supuso un punto clave y único en la divinidad.

¿Cómo lo viviste tú Jesús de Nazaret?

El apóstol Pablo dice en su carta a los Filipenses (2, 6-8), algo que marca e ilumina de forma clara el acercamiento a tu ser encarnado: “Él,  a  pesar de su
condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos…” Si tu nacimiento siguió un proceso humano, naciste como todo niño: sin saber hablar, ni andar, ni comprender lo que sucedía a tu alrededor…inteligente, muy inteligente, como  lo   demostraste  después;  pero
niño normal.       

Creciste en una aldea pobre y dentro de una familia de artesanos, compuesta por una mujer joven y un hombre carpintero.
 
La gestación y el nacimiento de tu humanidad, trascurrieron en la inconsciencia de un niño, rodeado de amor y ejemplaridad de un hombre justo y de una madre única.    Para ellos dos, fue muy distinto.   Para  José, el  comienzo de tu vida humana
fue desconcertante, y le puso al borde de grave tragedia personal. 

Para tu madre, una experiencia inédita, que no dejó un solo día de ocupar su pensamiento y de agitar su corazón.

Para los dos, profundo y del todo incompresible misterio vivido en silencio.
      
Para tu madre, hubo, además, un plus de preocupación. El misterio no solo
afectaba a tus padres. Precisamente incidía sobre ti.
 Cuando llegaste, Señor, a la adolescencia, el secreto resultó a tu madre imposible de mantener en silencio.   Qué te dijo? ¿Cómo te lo dijo? ¿Qué impresión te produjo? ¿Afectó en algo a tus relaciones con José?   Adivino, Señor, sin que nadie me lo haya dicho, que aquella revelación cambió la mirada hacia tus padres: A maría tu madre, era ya imposible mirarla y abrazarla con más ternura y amor; a José, tu padre, a quien admirabas por su espíritu de trabajo, honradez, hombría y bondad, añadiste agradecimiento y admiración.

Con afecto y adoración. Bartolomé Menor

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