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sábado, 12 de noviembre de 2016

CARTA DEL OBISPO: ESTE ES EL TIEMPO DE LA MISERICORDIA

Queridos diocesanos:

Finaliza en estos días el Año Jubilar de la Misericordia. Y ahora la pregunta que seguramente nos hacemos es: ¿Ahora qué? Estoy convencido de que a ninguno se os escapa que todo lo vivido deja en nosotros una profunda huella. Pero un año jubilar nos pide siempre a cada uno de nosotros un compromiso: un año jubilar es una vuelta a empezar. Ahora toca continuar dándole vida a todo lo que ha sido restaurado en todos nosotros por la misericordia divina. Ahora es el tiempo de la misericordia.

El tiempo jubilar ha sido para que todo vuelva a su estado primero de fe, de amor y de esperanza. En nuestro caso ha servido para que la viga maestra de la vida de la Iglesia, la misericordia, recuperara su fuerza y esplendor en todos nosotros. En nuestra experiencia jubilar, si la hemos vivido con autenticidad, se ha recuperado lo que estaba débil en el amor y en el servicio, lo que estaba torcido en nuestra mirada a nuestros hermanos, lo que en nuestra vida había perdido el tono misericordioso de Dios. Hemos tomado conciencia de que necesitábamos la restauración de nuestras vidas en lo que nos da más credibilidad, la misericordia. 
 
Por el reencuentro con la misericordia todo ha quedado restaurado en nuestra condición humana. Como nos ha propuesto el “logo” del Jubileo: cuantos hemos pasado por la Puerta Santa, que es Jesucristo, el Buen Pastor que carga sobre sus hombres con nosotros y con todo ser humano extraviado, hemos vuelto a redescubrir nuestra propia humanidad. En el “logotipo” los ojos de Cristo se confunden con los del hombre: se nos recuerda así, una vez más, que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado” (GS 22). A lo largo de este año hemos vivido un reencuentro con Dios, autor de toda misericordia, y hemos hecho lo que teníamos que hacer: recuperar una relación que nos cura del mal pasado que acumulaba nuestro corazón y nos permite entrar renovados en una nueva etapa. 
 
Por eso, lo que toca ahora es pensar en qué va a suceder mañana. Mañana es el día en que hemos de convertirnos en testigos de la misericordia divina. A partir de mañana comienza el tiempo de señalar a todos el corazón de Dios y de decirnos unos a otros que es tiempo de mostrar cómo la misericordia es la viga maestra de una vida plenamente humana. Desde mañana hemos de ser testigos de la Verdad que dirige el mundo: “El Padre es la fuente última de todo, fundamento amoroso y comunicativo de cuanto existe. El Hijo, que lo refleja, y a través del cual todo ha sido creado, se unió a esta tierra cuando se formó en el seno de María. El Espíritu, lazo infinito de amor, está íntimamente presente en el corazón del universo animando y suscitando nuevos caminos” (Papa Francisco, Laudato si’ 238). 
Como testigos del tiempo vivido que hoy finaliza, trabajaremos para que el mundo, nuestro mundo, beba de la fuente misma de la misericordia. De un modo especial cultivaremos el perdón y diremos a voz en grito, sobre todo con nuestra vida, que no hay misericordia sin perdón, que vivir de acusadores es una farsa del Evangelio y una adulteración del amor de Dios. Diremos que sabemos perdonar, porque hemos sido perdonados por el amor de Nuestro Dios. ¡Cómo cambiaría el mundo si aprendiéramos a mirarnos los unos a los otros con un corazón sanado por la misericordia! A partir de mañana cerremos las heridas que nos impidan amar a los otros.

A partir de mañana se ha de convertir en habitual para nosotros la práctica de las obras de misericordia; cada uno ha de sentir y hacer a favor de nuestros hermanos más pobres y débiles lo que se espera de los cristianos. Como dice el Papa Francisco: ¡Cuantas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo de hoy! Por eso, hemos de comprometernos a abrir nuestra mirada misericordiosa y samaritana a cada una de las personas, de las familias, de los núcleos sociales que sufren los problemas que hay en nuestro mundo y, en especial, en nuestro entorno, en cualquiera de los entornos de la sociedad giennense. 
 
Pidámosle al Señor que nos muestre cada día su corazón, que es generoso y rico en clemencia, sólo en él se ablandará el nuestro para sentir y amar como siente y ama el suyo. No importan dónde estemos ahora cada uno de nosotros en nuestra sintonía de fe con el corazón de Cristo. Si nos es difícil permanecer en él por las dificultades que hoy tenemos para vivir la fe, no olvidéis nunca que el corazón de Dios siempre está donde se ama, especialmente a los más pobres. La sintonía del amor, con corazón de misericordia, nos llevará siempre a la sintonía de la fe. 
 
Con mi afecto y bendición.

+ AMADEO RODRÍGUEZ MAGRO, 
OBISPO DE JAÉN

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